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Berbera y el conductor kamikaze

By 3 septiembre, 2013 enero 14th, 2019 4 Comments

Nuestro día de hoy ha empezado a las 3 am en Nairobi y continúa aún 21 horas después en los sofás de un hotel de una ciudad llamada Hargeisa. Oficialmente norte de Somalia, oficiosamente Somaliland. Ex-colonia británica, casa de los isaaq, el clan más orgulloso y más hospitalario de entre el infinito mundo de los clanes de Somalia. Educados, herencia inglesa, y muy volcados con una identidad diferente a la de Somalia. Nada más aterrizar en Berbera, vía Mogadiscio, encontramos las franjas verde, blanca y roja de su bandera. Y la estrella negra, en contraposición con la blanca de la bandera celeste de la Somalia unida.

Borja toma recursos de Hayat y Zamzam.

Borja toma recursos de Hayat y Zamzam.

 

Desde la cabina de mandos del avión de African Express Airways que nos lleva al país, el capitán Saimon, venezolano con cuatro meses de experiencia en el Cuerno de África, nos confirma sobre Berbera lo que ya divisamos desde el aire. La mezcla de desierto y mar hace de este lugar un infierno en tierra. Altísima humedad, elevadas temperaturas y primeros sudores apenas 30 segundos después de bajar las escalerillas del avión. La agrietada pista de aterrizaje tiene casi 5 kilómetros de largo, la mayor de todo el continente africano, y se dice de ella que hasta que la rodearon con vallas solían aparecer camellos que hacían peligrar los aterrizajes.

Allí nos recoge Omer, primo de Hayat, y su amigo Mustafa. Nos proporcionan un coche del Ministerio de Exteriores. En uno nosotros, en otro dos soldados armados. Somaliland apenas registra incidentes con extranjeros, pero el Gobierno prefiere escoltar a los visitantes si éstos se mueven fuera de la capital, Hargeisa.

Berbera es una mezcla triste de arena, ruinas y chabolas desordenadas. Comemos en un hotel antes de emprender rumbo al destino final, Hargeisa. Antes, el calor nos vuelve locos y decidimos arrojarnos a las aguas del Golfo de Adén, tantas veces mencionado por la actividad pirata, los secuestros y los rescates. Me meto con ropa en unas aguas calientes que aún así consiguen aliviar mi sofoco.

 

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Nuestro soldado, enamorado de las chicas.

 

Proseguimos viaje a Hargeisa. Según Hayat y Borja –y yo también lo suscribo–, el viaje más peligroso de nuestras vidas. Por el camino dejamos piedras y baches que nuestro conductor decide recorrer a 120 kilómetros por hora, adelantamientos arriesgados y varios momentos tensos debido a los ríos de agua en varias partes del recorrido. El coche se adentra en el río, nos deslizamos y rezamos para no ser arrastrados por la corriente. Unas semanas atrás, varias personas perdieron la vida al tratar de hacer lo mismo. Es el único camino a la capital y no hay otra opción. Ya en el último riachuelo, un camión queda atascado y tenemos que esperar hasta encontrar el hueco para pasar.

 

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Hayat, feliz en Somaliland.

 

Finalmente llegamos a Hargeisa, hacia las 9 de la noche. A pesar de ser noche cerrada, vemos a muchísima gente por las calles, centenares de negocios y vida, mucha vida. Es todavía una mirada rápida desde un taxi por la noche y son primeras impresiones, pero nos gusta la limpieza, la actividad, los negocios florecientes, las construcciones. Da la impresión de ser una ciudad creciente, con fuerza, que tiene ritmo y a la que aún le queda mucho recorrido por hacer.

Tras la mirada rápida irán llegando las observaciones tranquilas, con más contexto, más datos y experiencias. Mañana será nuestro primer día de trabajo. A las 7 de la mañana en la cafetería del hotel Mansoor, para planificar los 9 días que nos quedan para hacer el mejor documental de la historia de Somaliland. Deseadnos suerte.

Jon Cuesta Rodríguez

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