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Musungus de paso lento

Por 11 febrero, 2016 Sin comentarios
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“Estos musungus son diferentes al resto”, comentan nuestras guías en el campo, “caminan despacio y hablan alto”. A Dadaab llegan con frecuencia periodistas, pero no se recuerda un grupo tan ruidoso y pausado como el de estos diez españoles.

Musungu es un término extendido en las lenguas bantú para llamar al hombre blanco. Se acuñó para definir a los primeros exploradores que llegaban a África y literalmente significa “aquel que deambula sin rumbo”. Igual de perdidos nos hemos sentido en el campo de refugiados más grande del mundo. Sin Abdi, Hassan, Mohamed, Yussuf, Madina y tantos otros que nos han ayudado, nuestro viaje hubiese acabado peor que el del Doctor Livingston.

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Dadaab es la reencarnación de un conflicto que comenzó hace 25 años en Somalia y que no ha dejado de arrastrar hambre y miseria hasta la otra orilla de la frontera. Los refugiados siguen llegando con cada marejada de desgracias: sequías, hambrunas, ataques terroristas, inundaciones. Nunca llueve a gusto de todos. Solo el viento sopla constante y las bolsas desgarradas se van acumulando en las concertinas de la ONU. El Gobierno de Kenia lleva años amenazando con cerrar el campo, pero repatriar 350.000 almas resulta más costoso que dejarlas morir lentamente.

El mundo se ha olvidado de Dadaab, si es que alguna vez lo ha tenido en cuenta. Debido a la inseguridad, las organizaciones humanitarias han reducido su presencia y han dejado de enviar musungus al campo. Las raciones de alimentos también han mermado, al igual que el agua y las medicinas, y el cólera brota después de cada chubasco. Las esperanzas de salir de ahí se han esfumado. Algunos refugiados han decido acogerse al programa de repatriación voluntaria: 100 dólares, un saco de comida y te vuelves a Somalia. Si la muerte va a ser la solución, no la hagamos esperar tanto.

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Hayat, la protagonista de nuestro documental, llegó a este lugar con apenas dos años. Poco después salió con su madre del campo de refugiados y consiguió rehacer su vida en España. Mohamed, el periodista local que nos acompaña, es la otra cara de la moneda. También llegó al comienzo de la guerra, tampoco se acuerda de Somalia y no conoce otra realidad que este inmenso mar de polvo, zinc y plástico. Cuando le preguntamos qué futuro espera para sus hijos, nos mira como si nuestras preguntas deambulasen sin buscar respuesta: “el mismo que Obama desea para los suyos”.

Sobre Jorge Fernández

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