Cheick Diallo pasó de vivir en su hogar en una zona rural al oeste de Mali a jugar en la NBA, la mejor liga de baloncesto del mundo. De pequeño, los demás niños se reían de él porque era demasiado alto para jugar al fútbol. Su padre le empujó a intentarlo con el baloncesto, y cinco años después aterrizó en Nueva York sin billete de vuelta. El camino fue duro: la adaptación, el idioma, la cultura. Pero Cheick fue superando las barreras en un increíble viaje que finalmente le ha llevado a ser el segundo maliense en debutar en la NBA. Ahora, en su segundo año, quiere demostrar en los New Orleans Pelicans que ha llegado para quedarse.