Dadaab se encuentra en la frontera entre Kenia y Somalia. Allí, en medio de un árido desierto, se sitúa el campo de refugiados más grande del planeta. Casi medio millón de personas –entre ellos 160.000 niños en edad escolar– sobreviven en un espacio habilitado en su nacimiento para 90.000. La sequía, la hambruna y la guerra en Somalia han hecho huir a decenas de miles de personas. Los niños que llegan se encuentran con una débil estructura educativa y sólo un tercio consigue ir a clase.

Allí conocimos la historia de Mohamed Dek Odowa, de unos 20 años. Un joven somalí. Uno más de las 470.000 personas que sobreviven en el campo de refugiados más grande del planeta. Para él la formación académica es un pasaporte al futuro. Nos cuenta cómo se las apaña para recibir una educación. Sin embargo, la falta de luz eléctrica en el campo de refugiados, entre otros inconvenientes, le hace muy difícil estudiar. “En el último curso somos 270 y sólo a 20 les facilitan luz cuando anochece”, se resigna. Su familia, natural de la región sureña de Jubalandia, tuvo que escapar en 1991 de Somalia cuando estalló el conflicto armado. Mohamed no había cumplido un año. Desde entonces, es un somalí sin patria. Su país es un trozo de árida tierra de desierto que Kenia prestó de forma provisional y que ya ha cumplido más de 20 años de existencia. Los mismos que Mohamed.

El campo de refugiados trata de dar cobijo a miles de somalíes que huyen de la guerra, la violencia y la sequía que azota el territorio somalí. Acudir al colegio en este lugar del Cuerno de África es un privilegio que sólo un tercio de los 160.000 niños en edad escolar que viven allí se pueden permitir. Actualmente existen 19 colegios de Primaria y 6 de Secundaria repartidos entre Dagahaley, Hagadera, Ifo e Ifo 2, los cuatro campos que forman Dadaab. A menudo, se improvisan clases bajo los árboles, en pleno patio, o en tiendas de campaña.

 

Drama humanitario

Aunque el campo de refugiados se construyó en 1991 –año en que se inició el conflicto somalí–, no había precedentes de una avalancha como la de 2011, año en el que fuimos testigos presenciales de la situación del lugar. En algunos puntos de Somalia no llueve desde hace más de dos años. Los pastores han visto morir su ganado y sus esperanzas de supervivencia. Según los últimos datos que disponemos de Naciones Unidas, más de la mitad de la población somalí ha sido afectada por la hambruna y 750.000 personas corren serio riesgo de muerte. La mitad de los nuevos registros que llegan a la zona son niños, muchos de los cuales sufren severos niveles de desnutrición. Quienes tienen la gran suerte de no morir en el camino llegan después de semanas andando por el desierto, sorteando la fauna, la violencia y el hambre.

En este contexto, la educación deja siempre paso a otras necesidades más urgentes. Según un reciente informe de la UNESCO, sólo el 2% del total de la ayuda humanitaria tiene como destino final algún tipo de proyecto educativo. Existen asuntos humanitarios más urgentes que resolver, pero nunca habría que dejar a un lado la enseñanza, pues supone un pasaporte hacia una vida mejor.

Muchas de las imágenes de las que fueron testigo nuestras cámaras en 2011 se difundieron en diversos medios y cadenas de televisión.