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Ruanda, en ebullición

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Kigali es un espejismo. A primera vista, ni siquiera parece África. Nadie podría imaginar que en estas calles tan ordenadas, tan limpias, tan tranquilas, un día se desató la furia asesina, la sed de sangre que mutiló cuerpos y convirtió personas en cadáveres a un ritmo monstruoso. Los cuerpos se acumulaban en las cunetas, en las aceras, en los ríos. “Arrojaban a los tutsis al río para ‘devolverles’ a Etiopía”, nos comentaba hoy un superviviente que perdió a su padre y a gran parte de su familia durante el genocidio. Según el fanatismo mortal del Poder Hutu, los tutsis no pertenecían a Ruanda.

Muchas películas cuentan la historia. Shooting Dogs (Disparando a Perros), Sometimes in April, Shake Hands with the Devil. Todas muestran la barbarie de hutus contra tutsis y contra hutus moderados. Y muestran el abandono desastroso y lamentable de la comunidad internacional, liderada por Naciones Unidas y su decisión de no intervenir para frenar la masacre. Algunas como Hotel Ruanda, la más conocida, generan héroes como Paul Rusesabagina, persona ‘oficialmente’ non grata en el país desde que comenzó a postularse en contra del presidente actual, Paul Kagame. Ante las cámaras, muchos vierten todo tipo de acusaciones contra Rusesabagina. Algunos dicen que no ayudó, otros que cobraba a los tutsis dinero por dejarles resguardarse en el hotel… ¡e incluso se le acusa de terrorista! Esa es la versión oficial, el guión tan bien aprendido aquí de lo que se debe y lo que no se debe decir. Obviamente, la historia está adaptada a Hollywood, esa máquina de maquillaje que simplifica lo complejo y que necesita de héroes para alimentarse.

Por lo bajo, off the record, la versión oficial se diluye como un azucarillo, desenmascarando una realidad que no se ajusta en absoluto a los comentarios que graba mi cámara cuando doy al ‘rec’. No sólo con Rusesabagina, hombre que según varios supervivientes que vivieron la película real ayudó, y mucho, a mantener con vida a personas inocentes. El filtro de lo oficial hay que ponerlo siempre aquí, y cada pequeño gesto de sinceridad es periodísticamente motivo de alegría entre tanta respuesta aprendida y milimétricamente estudiada.

 

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Momento de la entrevista al genocida ‘oficial’, el que el Gobierno presta a todos los periodistas. Sus respuestan no se salen del guión.

 

Es un país de frágil estabilidad, de paz relativa, mantenido por un hilo de miedo a disentir, de la imposibilidad de alzar la voz, de la necesidad de no buscar problemas. Es un sistema muy cuestionable y quizá peligroso. “Es como una olla en ebullición a la que se ha puesto una tapa que la cubre”, me dice alguien al que no quiero mencionar. Pero a primera vista funciona. Aquí los autobuses salen puntuales, el tráfico es ordenado y los parques bien podados. Incluso en las zonas rurales, donde evidentemente la pobreza es más visible, se respira una sensación de calma, orden y limpieza que no he conocido en otros destinos como Kenia y Somalia. Otros colegas periodistas más viajados por este bendito continente me lo confirman: no existe nada parecido. Y a pesar de esa olla que sigue hirviendo, todas esas características hacen a Ruanda un paraíso para el turismo seguro y para hacer negocios. Por lo menos, hasta que la olla no aguante la presión y decida estallar

Sobre Jon Cuesta Rodríguez

One Comment

  • Blanqui y Juanjo dice:

    ¡¡UNA BARBARIE!! Cuantas y cuantas historias nos podrían contar todas éstas personas… ¡no me lo puedo imaginar!
    ¡¡CUIDAROS MUCHO Y COMO SIEMPRE UN PLACER PODER VOLVER, DE NUEVO, A VUESTRO BLOG Y PODER LEER HISTORIAS TAN REALES Y TAN TRISTES A LA VEZ!!
    ¡BESOS PARA LOS DOS!

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